La colaboración en la vida capuchina no es solo una ayuda funcional; es un modo de vivir el Evangelio en fraternidad, en el espíritu de san Francisco de Asís y según el carisma propio de los Capuchinos. En la vida capuchina, nadie camina solo. La colaboración nace de la conciencia de que somos hermanos menores, llamados a poner nuestros dones, límites y fuerzas al servicio de la fraternidad, de la Iglesia y del pueblo de Dios.
Hermanos y hermanas, hoy nos reunimos en torno a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía como fraternidad capuchina de São Paulo y de Chile, para dar gracias a Dios y pedir su bendición sobre nuestros hermanos que, movidos por el Espíritu, parten en misión para servir y formarse en la Iglesia que está en Chile. Como san Francisco, deseamos enviarlos no con oro ni plata, sino con la fuerza del Evangelio, de la fraternidad y de la confianza en la providencia de Dios.
Hermanos y hermanas, ¡que el Señor nos conceda su paz!
El Evangelio que acabamos de escuchar presenta dos pequeñas parábolas, sencillas y profundas, como el propio estilo de Jesús: la semilla que crece por sí sola y el grano de mostaza, el más pequeño de todos, pero que llega a ser un gran árbol. Jesús habla del Reino de Dios y lo hace con imágenes de la vida cotidiana, imágenes de la tierra, del trabajo paciente y silencioso del agricultor. “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra…”. Lo primero que el Evangelio nos enseña hoy es que el Reino no es obra exclusiva del ser humano, sino acción de Dios. El hombre echa la semilla, pero no controla el crecimiento. Duerme, se levanta, vive su vida… y la semilla crece “sin que él sepa cómo”.

Hermanos y hermanas, esta Palabra es sumamente iluminadora para nosotros que hoy celebramos la Misa de Envío de nuestros hermanos, llamados a colaborar en los diversos servicios de la Delegación San Francisco de Asís en Chile. Hermanos: fray Maycon, fray Felipe Helder, fray Luiz Felipe, fray Everton y fray Fernando, ustedes están siendo enviados para sembrar semillas: semillas de minoridad, de fraternidad, de servicio, de escucha, de presencia sencilla y evangélica.
No siempre verán los frutos. No siempre comprenderán los tiempos de Dios. Habrá días de cansancio, de silencio, quizá incluso de aparente esterilidad. Pero el Evangelio nos asegura: la semilla crece, porque es Dios quien hace crecer. San Francisco de Asís comprendió esto profundamente. No quería ser dueño de la obra, sino instrumento. No buscaba resultados visibles, sino fidelidad al Evangelio. Por eso su vida, tan pequeña a los ojos del mundo, se convirtió como el grano de mostaza: un árbol que acoge a muchos.

La segunda parábola refuerza aún más esta lógica del Reino: “El grano de mostaza es la más pequeña de todas las semillas de la tierra…”. El Reino comienza pequeño, discreto, casi invisible. Así también comienza la misión de ustedes: quizá con pocos recursos, con limitaciones humanas, con el peso de la nostalgia y la adaptación a una nueva realidad cultural. Pero Dios no se impresiona por la pequeñez; al contrario, la elige. En la espiritualidad franciscana, la minoridad no es debilidad, sino camino evangélico. Es en la pequeñez donde el Reino se manifiesta con fuerza. Es cuando nos hacemos menores que los demás, servidores de todos, cuando el Evangelio adquiere credibilidad.

Queridos hermanos que hoy son enviados: no tengan miedo de ser pequeños, no tengan miedo de empezar desde cero, no tengan miedo de confiar más en Dios que en sus propias capacidades. El Evangelio concluye diciendo que Jesús hablaba a las multitudes según podían comprender. Esto nos recuerda que la misión no es imponer, sino testimoniar; no es dominar, sino acompañar; no es hacer ruido, sino generar vida. Que María, la mujer del “sí” silencioso y fecundo, acompañe cada paso de ustedes. Que san Francisco de Asís interceda para que sean sembradores de la paz, constructores de fraternidad y signos vivos del Reino de Dios. Vayan en paz, hermanos, siembren la semilla y confíen: Dios dará el crecimiento a su tiempo. Amén.

