jueves , 18 julio 2024

Mensaje de Navidad del Delegado Provincial de la Delegación de San Francisco de Asis, Chile

Navidad

«Quiero celebrar la memoria de aquel niño que nació en Belén y ver de algún modo con mis ojos corporales las angustias y necesidades de su infancia, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo, estando presentes el buey y el asno, fue colocado sobre el heno»

(1Cel 84,8).

Mis hermanos de la Delegación San Francisco de Asís de Chile y Hermanos de la OFM y OFMConv, mis Hermanas Clarisas Capuchinas del monasterio de la Santísima Trinidad de Santiago y del Monasterio Santa Clara de Pucón, mis hermanos y hermanas, Laicos y Laicas Capuchinos y de la Orden tercera, al pueblo de Dios simpatizante con nuestro carisma franciscano, deseo que qué ¡El Señor te dé la Paz!


La encarnación del Verbo de Dios, Jesucristo, cambió el curso de la historia, el destino del hombre y del mundo. El tiempo fue fecundado por lo eterno y las acciones humanas adquirieron un significado decisivo: la salvación o la perdición de la vida se construyen sobre los hechos. Creer en un Dios que asumió la condición humana es creer que toda persona tiene una dignidad y un valor fundamental, por el mero hecho de vivir, porque la vida es sagrada.

Después de Cristo, todo tiene que ver con Dios: las creaturas, la naturaleza, las diferentes culturas, las razas y todas las cosas más comunes que componen la vida humana. «Todo fue hecho por medio de Él, y sin Él nada fue hecho de todo lo que ha sido hecho» (Jn 1,3). Hoy, la Encarnación tiene un modo de volver: a través de cada persona y del mundo en que vivimos, podemos descubrir la presencia del Dios que asumió nuestros rasgos y se hizo uno de nosotros. «Acampó entre nosotros y vimos su gloria» (Jn 1,14).

Cuando San Francisco de Asís, en su intuición original, recreó la expresión poética de la Navidad en el belén de Greccio, él quiso experimentar y revivir en su propia carne el misterio y el encanto, el amor y el dolor, la contradicción de la gloria divina revelada en la pobreza del Hijo de Dios. Siguiendo así, hacer un pesebre con figuras y materiales
comunes y corrientes se convirtió en un acto de fe, vislumbrando la presencia del Dios encarnado en todo lo que conforma la vida. Para contemplar el pesebre y descubrir la revelación divina en la vida humana cotidiana, hay una condición: hay que cambiar de corazón y de perspectiva, porque el mundo se ha convertido en un pesebre…Lo universal no es el pesebre, sino el misterio de la vida que sólo tiene una morada: el corazón humano.

Este año, al conmemorar el 800 aniversario del primer belén viviente, que San Francisco de Asís realizó con los aldeanos de Greccio, recordamos cómo quiso crear un entorno realista, vivo y envolvente, similar al de Belén de Judea, en el nacimiento de Jesús, descrito en los Evangelios. Le fascinaba la sencillez, la humildad y la profundidad
del misterio navideño. Para San Francisco de Asís, el nacimiento de Jesús no debe recordarse sólo como un hecho del pasado. Y eso vale también para nosotros. La celebración de la Navidad nos recuerda una realidad perenne y permanente: Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, nacido de María, en un tiempo, en una historia, en un lugar,
en una cultura. Dios entra en la vida de la humanidad para llegar a todos y se convierte en «Emmanuel», que significa «Dios entre nosotros».

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