Cardenal Celestino Aós Braco toma posesión de su iglesia romana

A las seis de la tarde (mediodía en Chile) de este sábado 19, el Arzobispo de Santiago, cardenal Celestino Aós tomó posesión del título en la iglesia de los Santos Nereo y Aquileo, como signo de que el cardenal, como párroco simbólico de esta comunidad, colabora con el Papa en el cuidado pastoral de la ciudad de Roma.

VÍA: Iglesia de Santiago

Se trata de un signo de comunión con el Santo Padre, Obispo de Roma. Esta antigua costumbre se basa en que en sus orígenes los cardenales eran sacerdotes que estaban al servicio pastoral de esa diócesis. 

Antes de empezar la misa –concelebrada por algunos obispos y sacerdotes, entre ellos monseñor Alberto Lorenzelli y monseñor Marco Agostini, del ceremonial pontificio– el padre Rocco Camilló, de la Congregación de los Oratorianos, responsable de este templo, rindió un saludo al cardenal Aós, que será el nuevo “párroco” en su calidad de colaborador del Papa, tras haber sido creado cardenal.  

En la homilía el cardenal Aós hizo referencia al episodio evangélico de la tempestad calmada, cuando Jesús iba con sus discípulos en una barca y se levantó una tormenta mientras él dormía, y lo despertaron, extrañados de que no hubiese tenido miedo. “Hoy muchos sienten que estamos en medio de una terrible tormenta: el coronavirus, la violencia, la corrupción, los escándalos de la Iglesia”. Jesús calmó el viento y el mar, pero reprochó a sus discípulos el no tener fe. La lección aprendida por los discípulos es “que se puede confiar en Jesús aun en las peores tormentas, aun en las circunstancias más adversas”, recordó el cardenal. 

A continuación recordó el episodio de los mártires que están enterrados en esta iglesia, Nereo y Aquileo, a quienes “el miedo les hacía ejecutar las órdenes del emperador Diocleciano, aunque fueran crueles”, especificando que si bien  los cristianos tenían miedo, lograban superarlo, lo que sorpendía incluso a sus verdugos.      

“Los cristianos son hombres y mujeres que no viven solo para sí, para el dinero, para la fama, para el placer. Viven lo que san Pablo nos ha dicho: Jesucristo murió para rescatarnos del pecado”, indicó el arzobispo capuchino. 

Durante la homilía, el cardenal expresó que el Papa Francisco había querido vincular su servicio en el Colegio de los Cardenales a esta “tradicional y venerable iglesia” ,recordando que “Santiago de Chile queda físicamente lejos, pero debemos mantener la unión y cercanía espiritual. Rezo y he de rezar por todos los fieles que aquí vengan y ustedes deben rezar por mi persona y ministerio”. 

“Amar y servir es mi lema”, continuó el cardenal: “Recen para que no quede en una hermosa frase, sino que yo sea un pastor que ama y cuide a sus ovejas, a sus fieles. Recen a la Virgen María la madre pobre de un rey pobre en palabras de san Francisco de Asís”. 

Recordó que en esta iglesia se celebran muchos matrimonios e instó a orar por el matrimonio cristiano, recalcando que “este Cristo que da sentidos a sus vidas es quien no los abandona en momentos de tormentas y caídas, que nos da fuerzas para vivir amándose y perdonándose. Este Cristo, que con la fuerza de su gracia lleva a amar y servir a los demás especialmente a los más desfavorecidos y marginados, aun arriesgándose en la pandemia, ¿quién es ese Cristo para ti? Nereo y Aquileo lo testimoniaron con su sangre”.  

Al final de la ceremonia, monseñor Marco Agostini, del ceremonial pontificio, leyó todo el desarrollo de la ceremonia, desde el ingreso a la Iglesia de su nuevo “párroco” hasta el final, y luego invitó a firmar este documento a las autoridades presente, entre ellas, los embajadores de Chile ante la Santa Sede, y ante Italia, respectivamente Octavio Errázuriz y Sergio Romero, y algunos miembros del Cuerpo Diplomático.  

Historia de la iglesia de los Santos Nereo y Aquileo

La construcción de esta iglesia se remonta a los primeros años de la era cristiana, el año 377:  la tradición cuenta que Nereo y Aquileo habrían sido dos sirvientes de la noble romana Flavia Domitilla, martirizados junto a ella por no haber querido renegar de su fe cristiana. Sin embargo, la hipótesis más verosímil, refrendada por un testimonio histórico del Papa Damaso I, que gobernó la iglesia entre los años 366 y 389, es que ambos habrían sido soldados asesinados.  

Una inscripción, descubierta a fines del siglo XIX en la tumba de los santos, y ya conocida en diversos manuscritos del siglo VIII, señala que habrían sido martirizados durante la persecución de Dioclesiano, el cual en una primera etapa de su gobierno arremetió sobre todo contra los cristianos de su guardia pretoriana,  acoso que luego se extendió a toda la iglesia. 

A principios del siglo IX el Papa León III ordenó la reestructuración de la iglesia, dañada por los frecuentes desbordes de los pantanos adyacentes. Así mismo el Pontífice dispuso trasladar hasta acá los restos de ambos mártires que hasta ese momento se encontraban  en el cementerio de Domitilla, en las afueras de la ciudad. Sin embargo, y a pesar de las obras de restauración la iglesia se fue paulatinamente convirtiendo en ruinas, razón por la que en 1213 las reliquias de los mártires fueron trasladadas a la iglesia de San Adrián, aunque la víspera del Jubileo de 1600, durante el pontificado de Clemente VII, las reliquias cumplieron su último viaje y hoy reposan en una urna ubicada bajo el Altar Mayor.  

A pesar de que en el lapso de 800 años, la iglesia fue restaurada en numerosas ocasiones, en uno de los últimos trabajos, en 1941, se descubrió la superficie con rectángulos drapeados aún visibles en la fachada.  En el portal, sostenido por dos columnas y con tímpano triangular se lee en  latín la inscripción «Ss Martyrum Nerei et Achilleie e Titulus Fasciolae». Sobre el portal una enorme ventana circundada por un marco de piedra caliza ilumina la nave central.  

El interior de la iglesia está dividido en tres naves sostenidas por columnas octogonales de ladrillo: todo el programa decorativo de la iglesia, más allá del período durante el cual se realizaron las obras, era la glorificación de los mártires.  Las paredes de las naves laterales relatan el suplicio de Nereo y Aquileo según una iconografía de la Contrarreforma, que ponía especial énfasis en los aspectos más espeluznantes de sus torturas.  Los dos altares laterales están decorados con retablos, aún visibles.  



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