El amor no puede ser objeto de coacción, sino de respuesta libre y liberadora de un corazón que ama, como el de San José.
Queridos hermanos, hoy somos invitados a celebrar la solemnidad de San José, en el contexto del tiempo cuaresmal y también de nuestra semana formativa, en la que estamos conmemorando los 800 años de la Pascua de San Francisco de Asís, profundizando en su Testamento mediante la oración y el estudio. Esta celebración adquiere un significado aún más especial, ya que en ella nuestros hermanos Josué y José reciben los ministerios de lector y acólito, dando un paso importante en su camino vocacional dentro de la vida capuchina.
La Iglesia nos presenta a San José como una figura luminosa, pero discreta; grande, pero silenciosa. Él no se impone con palabras, sino que se revela por la profundidad de sus actitudes.
En el Evangelio, José no pronuncia una sola palabra, pero toda su vida es una respuesta concreta a la voluntad de Dios. Él es el hombre de la escucha, de la obediencia y de la confianza en el querer de Dios. Ante el misterio que envuelve a la Virgen María, José podría haberse cerrado, retrocedido o seguido sus propios planes. Sin embargo, elige el camino más exigente: escuchar a Dios y confiar. Incluso sin comprender plenamente, acoge a María, asume la misión de cuidar de Jesucristo y se pone enteramente al servicio del proyecto divino.

Hermanos, aquí encontramos una enseñanza fundamental para nuestra vida, especialmente en este tiempo de Cuaresma: la santidad no se construye en gestos extraordinarios, sino en la fidelidad cotidiana. San José nos enseña que la verdadera grandeza está en hacer la voluntad de Dios, incluso cuando no es del todo clara, incluso cuando exige renuncia y silencio. Para nosotros, hermanos capuchinos, llamados a vivir el espíritu de San Francisco de Asís, San José se vuelve un modelo aún más elocuente. Él vivió la pobreza de corazón, el desapego, la humildad y el servicio silencioso. No buscó protagonismo ni reconocimiento, sino que hizo de su vida una ofrenda total a Dios.
Queridos hermanos Josué y José, la Palabra de Dios que hoy contemplamos ilumina de manera muy concreta el paso que ustedes están dando. El ministerio de lector no es solo una función litúrgica: es un llamado a configurar la propia vida a la Palabra. Están invitados no solo a proclamarla, sino a escucharla, meditarla y vivirla, dejando que transforme el corazón. Como San José, sean hombres que escuchan a Dios en el silencio y responden con la vida.

El ministerio de acólito, por su parte, los acerca aún más al altar, al misterio de la Eucaristía. Servir al altar es entrar en la lógica del don, de la ofrenda, de la entrega. Así como San José cuidó con amor a Jesús en su vida terrena, ustedes están llamados a cuidar con reverencia las cosas sagradas, sirviendo con celo, humildad y profunda conciencia del misterio que celebran. Dentro de la vida capuchina, estos ministerios no son escalones de promoción, sino caminos de configuración a Cristo Siervo. Están llamados a vivir como verdaderos hermanos menores: en la minoridad, en la fraternidad y en la disponibilidad.
San José enseña precisamente esto: una vida escondida, pero fecunda; silenciosa, pero llena de Dios.
En este tiempo marcado por tantas voces, ruidos y agitaciones, San José nos recuerda el valor del silencio que escucha, de la fe que confía y del servicio que se entrega. Él nos enseña que Dios actúa muchas veces en lo escondido, en aquello que no aparece, pero que sostiene todo. Celebrar esta solemnidad, por tanto, es renovar en nosotros el deseo de vivir una fe sencilla, firme y fiel. Es pedir la gracia de aprender, como San José, a decir “sí” a Dios todos los días, incluso sin entenderlo todo, confiando en que Él conduce nuestra historia con amor y sabiduría.



Que San José, custodio del Redentor y modelo de los servidores de Dios, interceda por nuestros hermanos Josué y José, para que sean fieles a los ministerios que hoy reciben, y por todos nosotros, para que, a su escuela, aprendamos a vivir con humildad, confianza y entrega total al Señor. Al Señor que nos llama, nos ama y nos envía para ser su presencia entre todos, sean la alabanza y la gloria por siempre. Amén.
Hno. Mauricio Silva dos Anjos, OFMCap.
Ministro Provincial de la Provincia São Paulo y Chile


